
Cuando entré por primera vez a la casa de Carmen me llamó la atención la cantidad de vírgenes, santos e iconos religiosos que ocupaban todas sus habitaciones. En el sofá del comedor, frente a la tele, había un cristo que, por ser invierno, ella tenía tapado con un poncho de lana roja. Carmen decía que como estaba tan sola le daba compañía y protección, pero que nuestra llegada le tranquilizaba y alegraba porque sólo con saber que alguien vivía arriba se sentía más amparada ante la llegada de un extraño. Si nos íbamos de viaje por unos días a Barcelona o a Madrid, al despedirnos, nos contaba historias de cuando era joven y se paseaba por Las Ramblas o la Gran Vía después de la función.
Con la primavera, en un taller de artes escénicas llegó a mis manos un disco de Ligeti; cuando decidí ponerlo estaba haciendo limpieza, por lo que ventanas y puertas quedaron abiertas un buen rato. Cuando me encontré a Carmen en la escalera me preguntó si era yo el que tocaba y le respondí que no. ¡Qué bonito, precioso! me dijo. Mientras subía le sonreía extrañado de cómo le podía gustar una música con melodías tan violentas y enloquecidas como las de Ligeti. Luego pensé: ¡Con más motivo que a mí! ¡Es la música de su época!